domingo, 14 de enero de 2007

Lo que necesitamos

Abrió el aparador y sujetó el blister con fuerza, apretando su puño.
La miró con desprecio y corrió por las escaleras.
Un baño y la puerta que (de un golpe) se cerró.
Enfrentarse contra un mundo (que no eligió): enfrentarse a su consciencia personificada (que agradeció), pero no vomitar su verdad. Y se desesperó.
Se miró al espejo contracturando todo su cuerpo, mientras sus ojos, alterados (y casi humedecidos) miraban aquel polvo blanco y compacto (se maravilló).
Su cabello de noche sin luna permanecía más revuelto que de costumbre, moviendo su cabeza sin cesar, determinando, a la vez, cuanto tardaría en escuchar los pasos sobre las escaleras. Se apretó muy fuerte los oídos, como si ese movimiento repentino, espantase sus pensamientos atormentados y gritó. Gritó (en silencio) tan descorazonadamente que hasta sus venas podrían haber reventado de tanta presión y su cara estaba colorada, contrastando con la palidez de su cuerpo.
Afuera, la gente se movía con la gente: encerrados (tal vez como ella) en un mundo donde los colectivos reemplazan a las pisadas y son capaces de encuentros; donde los paraguas protegen de la lluvia (como si la lluvia fuese la culpable de algo, ja); donde el tiempo vuelve a pasar y las luces ofuscan y dejan vivir.
Los ojos no se encuentran y las bocas conservan esa formalidad espeluznante mientras alguien, en algún café, se apiada de su presencia y suena un tango de Piazzolla.
Casi de un salto, se abalanzó sobre la puerta. Se sentó, empujándola con su espalda. Hubiese bastado un giro de llave de la que carecía; hubiese alcanzado un fuerte parpadeo para transportarse a otro lado, si tan solo su cuerpo desordenado tuviese el impulso necesario.
Ya había parpadeado demasiado y el blister sólo conservaba un (uno solo) polvo blanco y compacto (se maravilló, otra vez). Recordó las conjeturas de su mente y la actuación de su rostro ante aquel papel arrugado y prudente, contraindicaciones, se titulaba. Alguien lo había escrito: alguien, se había dado el atrevimiento de llamar “contraindicaciones” a tamañas sensaciones y manifestaciones. Evocó la cantidad de pedazos que vislumbró volar por los aires, la cantidad de palabras tiradas a la basura junto con el movimiento de sus manos alteradas- previo a imaginar el aspecto de la persona dueña de ese escrito-.
El espejo no llegaba a reflejar su rincón y contó los segundos para preparar sus oídos. ¿Cuánto?- se interrogó- ¿Cuánto tiempo? Si el tiempo (propiamente dicho) no existía allí: si el tiempo no era parte de su mundo intelectual; si, el tiempo, el mismísimo tiempo, nunca coincidió con el tiempo de los demás. Y solía pensar cosas estúpidas: y hacerlas, también, de lo contrario, ¿estaría allí? ¿estaba en verdad allí? Sí, su cuerpo lo hacía: permanecía inmóvil (menos sus manos y pies), abatido sobre la puerta de madera.
No la despreciaba (en realidad no), pero no quería verla. ¿Cómo podría querer enfrentarse a su consciencia personificada, (justo en este momento)?
Eso era ridículo. Pero también ella se sentía ridícula, que más daba.
Tres pasos certeros y un forcejeo con la puerta.

continuará?



2 comentarios:

"EL" nana dijo...

esperamos que continue!

Marian... dijo...

sos una grosa mel... me gusto mucho. te juro... TKM