Tiró una cáscara al piso: la pisó y se resbaló. El vuelo de sus dos brazos fue tan incesante como el aletear de un colibrí, un pie adelante y otro atrás.
Recordó su falta de equilibro permanente: ayer, se había caído de la silla al intentar colgar un cuadro (viejo) y jamás, con el blanco y el azul, pudo hacer celeste; y eso que era tanto su deseo de que las paredes luzcan de ese color porque, agregándole pizcas de pintura blanca, sentiría que estaba en el cielo.
Claro, razonó, si logro que mi dedo índice alcance aquella mesa, mis pies se afirmarían, los juntaría y lograría enderezar las rodillas. Ordenó a su brazo derecho que se quedase bien quieto y su cara se desfiguró un poco, después, apretó muy fuerte los dientes.
Una minúscula mosca entró por la ventana de la cocina y se posó justo en su nariz, y, al poner bizcos los ojos, se enfrentó cara a cara con el oportuno insecto: Salí, salí, le dijo, sin dejar de apretar los dientes. La mosca no le contestó y no solo no le contestó, sino que se dio media vuelta dándole la espalda. Entonces, frunció varias veces la nariz, esperando la inestabilidad de la invasora, pero no funcionó: aquella, muy oronda, se relamía una a una sus patas traseras meneándose hacia los costados.
Si soplo, mi cuerpo soltaría aire y el equilibro sería casi nulo, pensó, alguna parte quedaría más liviana sin ese aire que antes pesaba y, que por querer espantarla, se largaría. Y sonrió un poco sintiéndose orgulloso de su razonamiento. Nunca tuvo pensamientos demasiado brillantes y, aunque ya se había acostumbrado: de pequeño, a las burlas de otros pequeños y, ya mayor, a las burlas de otros mayores, siempre tuvo esos deseos de mejorar. Claro que sin decírselo a nadie: primero porque no tenía muchos amigos en quienes confiar, bueno, en realidad no tenía amigos; y segundo, porque, en el caso de fracasar, no tendría una mancha más en su prontuario de burlas.
Esto debe ser como surfear. Y por supuesto que nunca había surfeado, pero lo había visto muchas veces por la televisión, e intentó que sus dos brazos- aún el que no había acatado su orden- hiciesen ese movimiento. Hizo tanto viento (y los siguió moviendo), que la mosca huyó despavorida. El jarrón chino de la mesada giró unos 360º (y los siguió moviendo); las cortinas ondulaban, y cuanto adorno fuese cual torbellino girando sobre su cabeza.
Se distrajo observando boquiabierto el fenómeno que él mismo había provocado (y no los movió más). Y tanto, pero tanto se distrajo, que su cabeza tambaleó para un lado y para el otro; sus piernas delgadas, se enredaron y su dedo índice, llegó hasta la mesa: ¡Sí! ¡Lo logré!, se dijo, pero la sostuvo con tanto énfasis que se dio vuelta y chocó contra su frente en un golpe seco y lamentable.
Su cerebro: se aturdió.
De mentón al piso y un ojo medio pegado; tres dedos chuecos y uno medio aplastado.
¿Y la banana?
La levantó, y se la comió.
jueves, 28 de diciembre de 2006
sobre un hombre (blanco) que comía bananas
martes, 26 de diciembre de 2006
domingo, 24 de diciembre de 2006
(y lo repetí)
(Anthony Burges de Nadar de noche)
jueves, 21 de diciembre de 2006
martes, 19 de diciembre de 2006
(mientras la luna se reía de nosotros)
- Volvamos a casa. Si yo te amo.
Me prendí otro cigarrillo y lo miré con la bronca que sentía por la pesadez de mis brazos.
Lo miré como quien mira sin mirar: sólo tenía un punto de fuga delante de mis ojos (casi empañados) y no podía encontrar mi mirada. Sabía que alguien se arrodillaba a mi lado, que aún en esa (poca luminosa) esquina, pretendía incorporarse a mi soledad y recordé cuántas veces me rodeé de gente caminando entre ellos con el peso sobre mis hombros.
- Vayamos a otro lugar, la calle está fría. Y rechacé su mano, pero sostuve las mías, lo más fuerte que pude. Entonces, suspiré dos veces y me apiadé de su presencia.
- Yo estoy bien, le dije, mientras sentía el ardor de cada palabra en mi garganta y los párpados me pesaban.
Creí que un abrazo empujaría el río de lágrimas que me oprimía el pecho y no permitiría que eso pasara, porque aún después de tanto tiempo, no sabía cómo recoger mis lágrimas; ni tampoco entender el encierro que me provocaban sus actos: la sofocación permanente de una soga alrededor de mi cuello, que día a día tironeaba un poco más.
Cierta vez admiré sus ojos e imploré su voz y ahora, solo quería permanecer en el exquisito mundo de mi mente.
Y ya no importaba desear (con todas mis fuerzas) ser caracol. Ese deseo era estúpido, lo sabía, pero a veces, lo que te rompe las entrañas, no tiene razón.
Cómo podría saber qué conjeturas atravesaban sus pensamientos: seguía reclinado sobre sus piernas, mirándome, al lado de un cuerpo destartalado y casi muerto; ni siquiera el humo de mis (no sé cuantos) cigarrillos eran capaces de cortar el aire y la luna se reía de nosotros (pero no se lo dije):
Cómo podría decirle el dolor que me causaron sus filosas lágrimas. Cómo suplicarle perdón porque mi enfermedad lo contagiaba o, lo que es aún peor, cómo, de qué manera, le diría que mi escasa anatomía no traía corazón, que habiéndome fabricado uno de plastilina, no le servía de nada.
Necesitando necesitar besé su frente y le dije que ya todo pasaría. Se lo dije como quién calma a un niño después de una (fea) pesadilla. Se lo dije, sin haberme convencido previamente de mis palabras.
Pensé en ella, y en mi deseo de que los recuerdos sean desechos, definitivamente; claro que él sería recuerdo en pocos días (me mentí). Quería que lo sea: tenía que serlo. No podía permitirme seguir transformándolo y que fuese ese monstruo (del que me sentí orgullosa alguna vez) que desate su imperiosa ira directo a mi espalda o tironeando mis brazos, y que en medio de esa vorágine, implore mi perdón: de rodillas y llorando como un niño.
No podía ser yo la que transforme sus ojos ni su sonrisa. No podía ser yo la que lo hunda en esa oscuridad.
Leí mi pensamiento, lo sabía, lo había hecho hartas veces y aún así, seguía a mi lado, como la voz que no se movía de mi teléfono.
Intentó besarme y me hice a un lado: había corrido mucho, me sentía cansada y abracé mis rodillas como queriéndome aferrar a algo.
- Miráme, yo no quise…, me dijo, y su voz temblaba.
- Ya está, respondí pacíficamente.
- Es que vos haces que me ponga así, perdoname. ¡Te estoy pidiendo perdón!
- No importa. Ya no importa nada, le dije, mientras mi boca se desdibujaba.
Creo que nunca escuché la palabra “perdón”, sonaba extraña en él: sonaba ajena en una instalada y estúpida guerra de egos. Y quise deshacerme de mi orgullo, para siempre, aplastarlo y escupirlo hasta que ya no pueda más. Y quise correr, como siempre lo había hecho, pero, también, como siempre, y por alguna extraña razón, mi cuerpo no coincidía: se quedaba allí, inmóvil.
- Yo te amo (me interrumpió)
- Pero nosotros… nosotros no tenemos casa y yo, yo ya no quiero jugar más.
Una (o más) palabra quedó en su boca, lo vi en su rostro mientras me alejaba. Entonces, abracé al viento (que me recibía) y después, una lágrima (que me sequé forzosamente).
La luna continuó riéndose (quien sabe cuánto duró su risa) pero yo,
no se lo dije.
Nunca.
domingo, 17 de diciembre de 2006
yuxtaposición
aunque fuese un instante y recibiera una mano desconocida: si mi mano tocara
a otra,
sin mirar
ni pestañar.
Escuchase su voz, imaginando cómo serían sus ojos,
cómo su contextura. Sintiendo cómo algunas palabras se quiebran y cómo sonríen
otras. Si confiara en el silencio de sus zapatillas, en su quieta presencia ante la mía;
suponiendo sus pensamientos y alguna conversación ensayada desde hace días. Si, todavía, sin abrir mis ojos, recibiera sensaciones desconocidas, empero
su cuerpo, sus ojos y su voz,
me conocen:
yo, sólo supongo.
Yo, sólo imagino.
¿Que tan cierto puede ser que nos conmuevan más los sonidos que la vista?
, y no, no hay y soy (y la gente)
No hay algo para alguien ni nada para nadie: hay blancos y negros (siempre); porque no hay escaleras al revés para dar la vuelta. Las líneas se trazan, o no; se salta con los pies (bien) juntos o un tanto separados. Nadie ve y nadie sabe: discri-minarse del resto, es un ejercicio intelectual. Saber hasta dónde podes llegar, también. Es como tener una enorme hoja de derivadas frente a tus ojos: y las cruces y las líneas, abunden. La gente puede ser muy estúpida: lo digo con la auto-ridad de haberlo sido (alguna vez) y porque sí, porque respiro. Porque mis ojos lo ven (cada cual tiene sus ojos capa-citados para ver lo que le plazca); porque lo palpo todos los días de mi vida. Y soy sumamente soberbia: me paro y me aplaudo. La soberbia es el amor desordenado de sí mismo: soy desordenada y amo cada célula de mi cuerpo (hasta celarme). Lo que se ama, se destruye, naturalmente. Hay personas elegidas: compañeros de ruta, testigos, amantes incansables, almas en conexión, voces al teléfono, manos hacia arriba, brazos redondos, ojos brillantes, sonrisas amplias, pies plantados (bien firmes), y pocos renglones. Idolatro a cada elegido todos los minutos de mi vida y festejo cada año que paso junto a ellos. Me enorgullezco de mis elecciones; porque me enorgullezco de ellos.
Y no hay traiciones: porque traicionar, rima con matar y yo no traiciono, nunca (y jamás también).
Ya no hay cuervos en la punta de mis pies: solo bastó un soplido fuerte para que se alejen. Y temo que vuelvan: claro que temo, porque estoy viva. Entonces, porque estoy viva, conservo tristeza y tengo incertidumbre y sé que las lágrimas no son el único reflejo del alma. Que soy y seguiré caminando y siendo: más allá de todo y de todos. Que las acciones humanas, también pueden afectarme y que los normales y no elegidos, no son objetos. Y respiro una y otra vez. Pero ya no corro, porque no hay motivo.
Entonces,
entonces, cierro la puerta: para no contagiar, ni ser contagiada. Pero a veces hay que salir en busca de agua: no se puede vivir sin agua, de agua estamos hechos, que cosa más genial (pienso).
¿Pensaré?
¿Pensaré realmente?
Que tan fácil será confundir lo real con lo ficticio (no es una pregunta)
y,
miércoles, 13 de diciembre de 2006
en boca de mi pseudopsicólogo y amigo de ruta
¿y como hacemos para darle la vuelta?
Damos imágenes, de lo que nos gustaría mostrar en ese momento ¿o no?


