(inexorablemente).
martes, 30 de enero de 2007
7:11 am
(inexorablemente).
lunes, 29 de enero de 2007
mientras los brazos le chorreaban
Abrazó sus rodillas (tan fuerte como pudo) y los brazos le chorreaban.
La puerta ya estaba cerrada y las perchas, sobre su cabeza: solo cabía ella y la oscuridad. La oscuridad que cercaba sus ojos (casi-casi humedecidos) y le pacificaba sus pensamientos (atormentados).
¿Qué importaba lo que pasaba afuera?
¿Qué importaba conocer su anatomía (a la perfección)?
Si aún sabiendo que la sangre está compuesta de oxígeno y se transporta por las venas y que el cerebro necesita oxígeno y el corazón bombea. Si aún sintiendo ese recorrido- recorrido que le ardía cada extremidad de su cuerpo- todas las horas, todos los días. Si aún sabiendo, no podía liberarse, apelando, claro, a su desentendimiento fingido.
Sus brazos le chorreaban y se desparramó la cara, como queriendo desdibujarse.
Y no había música, pero sus gritos (silenciosos) musicalizaban el aire de ese encierro.
Y nunca soltó sus rodillas.
El solo pensar que, al salir, debería sonreír y vendar sus brazos. De solo pensarlo, se estremecía. Pero no podía vivir allí dentro: quería-no podía. Allí no había agua y los monstruos no desaparecían (nunca).
Se miró como pudo y se alivió de no tener reflejo. Entonces, pensó cuando se acabaría el aire de ese pequeño lugar ¿se acabaría? ¿En cuánto tiempo? ¿Segundos? ¿Horas? ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? ¿Años, quizás? Y eso que importaba, si no había agua. Y se apiadó de sus pensamientos estúpidos.
Entonces, habría que salir, claro.
Suspiró dos veces y ensayó la salida, la ensayó (cuidadosamente) en su cabeza- los tormentos nunca le impidieron pensar-.
Habría que despedirse de la oscuridad, burlarse de los monstruos, mirar las perchas (colgadas).
Empujoncito a la puerta y saludar a la claridad.
Incorporarse en sus pies adormecidos y temblorosos,
respirar (profundamente) el aire nuevo y olvidar su estado- olvidar, era la palabra perfecta-.
Programó cada acción, y les puso número para no olvidarlas.
Subir diecisiete escalones, cubrir sus brazos y evitar preguntas (no-preguntas).
Pero no habría que mirarse al espejo: hoy no permitiría ecos. Claro que no podría taparlos, solo prescindiría de ellos, por hoy. (Hoy).
Ya estaba afuera, entonces, dio las órdenes a su cerebro: Decile a mi boca que solo sonría. Sólo eso. Que no hable. Que si no quiere sonreír y vos no podes obligarla, esta bien, pero que no hable.
Y que mis heridas cicatricen rápido,
por favor.
Vamos, le dijo.
Y un monstruo la siguió despacio.
domingo, 28 de enero de 2007
viernes, 26 de enero de 2007
el mundo me irrita.
me voy a ir a buscar a Carlos Alberto García, con un Cadillac y vamos a comer frutillas a Chapadmalal y los demás se van a comer el pochoclo.
En realidad, nisiquiera tengo bicicleta, pero ya van a ver
martes, 23 de enero de 2007
domingo, 14 de enero de 2007
Lo que necesitamos
Abrió el aparador y sujetó el blister con fuerza, apretando su puño.
La miró con desprecio y corrió por las escaleras.
Un baño y la puerta que (de un golpe) se cerró.
Enfrentarse contra un mundo (que no eligió): enfrentarse a su consciencia personificada (que agradeció), pero no vomitar su verdad. Y se desesperó.
Se miró al espejo contracturando todo su cuerpo, mientras sus ojos, alterados (y casi humedecidos) miraban aquel polvo blanco y compacto (se maravilló).
Su cabello de noche sin luna permanecía más revuelto que de costumbre, moviendo su cabeza sin cesar, determinando, a la vez, cuanto tardaría en escuchar los pasos sobre las escaleras. Se apretó muy fuerte los oídos, como si ese movimiento repentino, espantase sus pensamientos atormentados y gritó. Gritó (en silencio) tan descorazonadamente que hasta sus venas podrían haber reventado de tanta presión y su cara estaba colorada, contrastando con la palidez de su cuerpo.
Afuera, la gente se movía con la gente: encerrados (tal vez como ella) en un mundo donde los colectivos reemplazan a las pisadas y son capaces de encuentros; donde los paraguas protegen de la lluvia (como si la lluvia fuese la culpable de algo, ja); donde el tiempo vuelve a pasar y las luces ofuscan y dejan vivir.
Los ojos no se encuentran y las bocas conservan esa formalidad espeluznante mientras alguien, en algún café, se apiada de su presencia y suena un tango de Piazzolla.
Casi de un salto, se abalanzó sobre la puerta. Se sentó, empujándola con su espalda. Hubiese bastado un giro de llave de la que carecía; hubiese alcanzado un fuerte parpadeo para transportarse a otro lado, si tan solo su cuerpo desordenado tuviese el impulso necesario.
Ya había parpadeado demasiado y el blister sólo conservaba un (uno solo) polvo blanco y compacto (se maravilló, otra vez). Recordó las conjeturas de su mente y la actuación de su rostro ante aquel papel arrugado y prudente, contraindicaciones, se titulaba. Alguien lo había escrito: alguien, se había dado el atrevimiento de llamar “contraindicaciones” a tamañas sensaciones y manifestaciones. Evocó la cantidad de pedazos que vislumbró volar por los aires, la cantidad de palabras tiradas a la basura junto con el movimiento de sus manos alteradas- previo a imaginar el aspecto de la persona dueña de ese escrito-.
El espejo no llegaba a reflejar su rincón y contó los segundos para preparar sus oídos. ¿Cuánto?- se interrogó- ¿Cuánto tiempo? Si el tiempo (propiamente dicho) no existía allí: si el tiempo no era parte de su mundo intelectual; si, el tiempo, el mismísimo tiempo, nunca coincidió con el tiempo de los demás. Y solía pensar cosas estúpidas: y hacerlas, también, de lo contrario, ¿estaría allí? ¿estaba en verdad allí? Sí, su cuerpo lo hacía: permanecía inmóvil (menos sus manos y pies), abatido sobre la puerta de madera.
No la despreciaba (en realidad no), pero no quería verla. ¿Cómo podría querer enfrentarse a su consciencia personificada, (justo en este momento)?
Eso era ridículo. Pero también ella se sentía ridícula, que más daba.
Tres pasos certeros y un forcejeo con la puerta.
continuará?
sábado, 13 de enero de 2007
miércoles, 10 de enero de 2007
Aforismos: consideraciones acerca del pasado
El camino verdadero pasa por una cuerda, que no está extendida en alto, sino sobre el suelo. Parece preparada más para hacer tropezar, que para que se siga su rumbo. Todos los errores humanos son fruto de la impaciencia. Interrupción prematura de un proceso ordenado, obstáculo artificial levantado al derredor de una realidad artificial. A partir de cierto punto no hay retorno. Este es el punto que hay que alcanzar. El poseer no existe, existe solamente el ser: ese ser que aspira hasta el último aliento, hasta la asfixia. En un tiempo no podía comprender porqué no recibía respuesta a mi pregunta, hoy no puedo comprender como pude estar engañado hasta el extremo de preguntar. Pero no es que me engañase, preguntaba solamente. Sólo temblor y palpitación fue su respuesta a la afirmación de que tal vez poseía pero no era.
Franz Kafka
miércoles, 3 de enero de 2007
seguiré siendo carne de diván (es una pregunta)
soy una puta.
ingratamente delicioso
¡No es justo que te pasees con esa sonrisa exageradamente perfecta!
(no-es-justo)


